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Galak, Eduardo: “¿Es posible un acto interesado por el cuerpo? Una lectura crítica del debate naturaleza-cultura”, en Revista Intersticios (España), ISSN: 1887-3898, Vol. 36, 2010.

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Haciendo un juego de palabras entre “Interés por el cuerpo” de Adorno y Horkheimer, y “¿Es posible un acto desinteresado?” de Pierre Bourdieu, se trabaja la relación entre la historia y el cuerpo, entrecruzándolo con las relaciones de poder que en esta se ponen de manifiesto. A modo de aclaración epistemológica, si bien Bourdieu en este escrito no se refiere específicamente al cuerpo, podemos extraer de aquí algunas conclusiones fundamentalmente a partir de su concepción de los habitus, ayudándonos con el resto de su extensa bibliografía para comprenderlo. Cómo bien explicitan los autores ligados a la Escuela de Frankfurt al comienzo de su escrito, la historia del cuerpo en la civilización occidental es una historia de mutilación del cuerpo. Podemos decir que esto se debe fundamentalmente a partir de dos factores: por un lado, las prácticas ascéticas de las religiones judeocristianas, prácticas ligadas a la regulación de los cuerpos. Las disciplinas ascéticas son un sistema de reglas de conducta para controlar la carne a través del hambre y la negación, es decir una práctica regulada o régimen del cuerpo (Turner 1989:206). Sin embargo, el cuerpo de los hombres devenido en el cuerpo del Rey en la Edad Media y el Renacimiento -figura divina impuesta por Dios para dirigir los designios de los pueblos- (Foucault 1992:111), cae con la revoluciones francesa e inglesa del siglo XIX y se instauran nuevas regulaciones sobre los cuerpos. Así, “el principio del fin de la monarquía, la creciente industrialización y el éxodo a las ciudades, hizo necesario que aquello que producían las prácticas ascéticas religiosas fuera funcional a los nuevos modelos económicos, estatales y sociales, de los que la fábrica y la escuela fueron las instituciones vehículo”. En referencia a esto, Adorno y Horkheimer escriben sobre el cuerpo que “el cristianismo lo exaltó, pero, en compensación, humilló tanto más la carne como origen de todo mal. El cristianismo anunció el orden burgués moderno […] mediante el elogio del trabajo […]”. Precisamente este es el otro factor de la mutilación del cuerpo: la división del trabajo, en la que el disfrute y el trabajo, como dos polos dicotómicos, ponen de manifiesto una relación con lo corporal ligada al hacer, a la utilidad. Y este es justamente el nexo con el texto de Pierre Bourdieu, entendiendo como el autor lo hace que el interés es un interesante instrumento de ruptura respecto a la visión de los comportamientos humanos. Suponiendo en principio que los agentes no hacen lo que hacen lisa y llanamente por que estén locos, existen intereses por los que estos realizan determinadas prácticas. Sin embargo, estos intereses no son del todo particulares como una sociología espontánea podría decir, sino que se relacionan con el campo al cual el agente pertenece. Siguiendo con la línea de pensamiento anterior, los actos en ese sentido no son desinteresados sino que responden a la utilidad de los mismos. Así, en principio el trabajo, pero luego también el ocio, se condicen con una lógica de práctica utilitaria que responde a los intereses del grupo social -sin ser necesario que responda a los propios-. Haciendo una analogía, ese ocio posible de ser relacionado coloquialmente con el juego al que se refiere Bourdieu también puede ser emparentado con esta noción de trabajo: nadie podría aceptar estas reglas de trabajar si antes no aceptó las reglas del juego, o mejor dicho sin antes incorporarlas. En este sentido es en el cual pensamos al habitus, entendiendo que en todo caso es a partir de ellos que podemos constituirnos en trabajadores en el sentido amplio del término. Habitus, porque es a partir de tener un cuerpo socializado, un cuerpo estructurado, un cuerpo que se ha incorporado a las estructuras inmanentes de un mundo, de un campo, que estructura la percepción de este mundo y también sus acciones en este mundo (Bourdieu 1997:146), es que podemos hablar de un habitus del trabajador. Si se permite el juego de palabras, literal y metafóricamente mano de obra.

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